Segundo día de la Novena a la Virgen

31 de agosto del 2020

Maria, se pone en camino con prisa

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Santa María de la Caridad, Madre del Señor
Jesús, te veneramos con especial cariño y
amor.
Te alabamos, Madre y Patrona del pueblo
cubano, porque has estado presente en
todas las luchas, penas y alegrías de tu
pueblo.
Virgen Mambisa, proclamada y venerada
por nuestros veteranos, te pedimos que
hoy, como ayer, estés presente en la vida
de tu pueblo querido: este pueblo que busca
el amor, la comprensión y la unión sincera
de todos los cubanos.
Te ofrecemos; el esfuerzo de nuestros
cristianos, el trabajo de nuestros obreros y
campesinos, el estudio de nuestros jóvenes,
la sonrisa de nuestros niños, el dolor de
nuestros enfermos, el desvelo vigilante y
callado de todas nuestras madres, la
soledad de tantos hermano, viudas y
huérfanos la entrega generosa de nuestros
mártires y difuntos, el sentimiento noble y
sencillo de nuestro pueblo
Madre de la Caridad, llegue hasta tu altar
del Cobre, tan amado y venerado, las
súplicas que te presentamos.
Amén

Como recordamos, en la introducción a la Novena de la Virgen, el pasado 8 de agosto, se cumplieron diez años, del inicio del recorrido de la Virgen Peregrina por toda nuestra Patria. La Madre fue visitando a todos sus hijos, fue a la montaña y al llano, al campo y la ciudad, a pueblos y bateyes, cruzo ríos y transitó por caminos, veredas y carreteras, para como en casa de Isabel, su prima, escuchar las plegarias de todos sus hijos.

Los dos fragmentos del anuncio del nacimiento de Juan el Bautista y de Jesús, en Lucas, convergen en la narración de la visita de María a Isabel. María, como Abrahán, nuestro padre en la fe, se levanta y se apresura a ir hacia la montaña (v 39). María e Isabel son las dos mujeres que acogen la acción de Dios: la primera de modo activo, con su consentimiento; la segunda de modo pasivo. Ambas, agraciadas, experimentan la acción poderosa del Espíritu Santo. Isabel lleva en su seno al Precursor y, en virtud de esta presencia en ella, da voz al hijo que lleva en sus entrañas indicando ya en la Madre al Hijo. Proclama lo que la ha hecho grande y bienaventurada a María, la fe: «[¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (v, 45). Al cántico de Isabel (vv, 42-45) le sigue el cántico de María, que revela la acción poderosa de Dios en ella, la misma que da cumplimiento a las antiguas promesas hechas a Abrahán en favor de Israel. Dios hace maravillas y despliega su poder a partir de la humildad -que es de la propia pobreza radical- de su criatura y de su pueblo.

El Magníficat es la primera manifestación pública de Jesús, de esta realidad aún escondida pero que se impone ya y obra en los que la acogen, como María: la realidad viva del Verbo encamado en ella la impulsa a no detenerse en sí misma y la abre a la dimensión del servicio: «María estuvo con Isabel unos tres meses» (v. 56).

María no ve aún la realidad de Jesús presente en ella, pero la creía ya presente, dentro de la historia de Israel, también Isabel no contempla, pero experimenta el gozo de la cercanía del Salvador. Son miradas de fe, y también nosotros necesitamos esta mirada, una capacidad visual que penetre en lo hondo de los acontecimientos que vivimos. Un ojo que sepa reconocer que la fe, la alegría que viene del Espíritu y el servicio – los elementos que emergen de las lecturasson como la punta de un iceberg. Indican que debajo hay algo grande, enorme: «Aquel a quien los cielos no pueden contener». Es la presencia de Dios lo que motiva y alimenta la fe, la alegría y el servicio. Sin embargo, si dejamos que las tibias aguas de la indiferencia, de la prisa, de los afanes, de nuestra propia realización, se suelten y quiten espacio en nosotros a la presencia de Dios, entonces todo se pone al revés: la fe se convierte en ideología o huida de la realidad; la exultación en el espíritu, en euforia o alegría pasajera y superficial; el servicio, en búsqueda de nosotros mismos o autoafirmación. Como María, verdadero modelo de discipulado, abramos la mente, el corazón, la vida, a la acogida de la Palabra en nosotros.

Entonces también nosotros podremos vislumbrar y cantar con admiración la acción de Dios, que actúa en la historia de la humanidad y en nuestra historia personal. Y podremos decir, en esa caridad mutua que es servicio, que el Reino de Dios, en Cristo, está ya en medio de nosotros.

Decena del Rosario
En este momento piensa en
silencio aquella
gracia que quieres pedir a Dios por
intercesión de la Virgen de la
Caridad durante esta
novena (Breve silencio).
Ofrecemos esta
decena del rosario por todos
nosotros que hemos acompañado
a la Virgen estos 9 días para que
aprendamos como María, a ser
discípulos de su Hijo, a ir con prisa
a llevar el Evangelio de la
esperanza y la alegría a nuestro
pueblo.

ORACIÓN FINAL

Virgen de la Caridad del Cobre «Has venido a visitar nuestro pueblo y has querido quedarte con nosotros como Madre y Señora de Cuba, a lo largo de su peregrinar por los caminos de la historia».

– «Tu nombre y tu imagen están esculpidos en la mente y en el corazón de todos los cubanos, dentro y fuera de la Patria, como signo de esperanza y centro de comunión fraterna».

– «¡Madre de la reconciliación! Reúne a tu pueblo disperso por el mundo. Haz de la nación cubana un hogar de hermanos y hermanas, para que este pueblo abra de par en par su mente, su corazón y su vida a Cristo, único Salvador y Redentor».

Compromiso personal

¿A qué me comprometo a vivir en este día?
Pienso en algo concreto que pueda hacer para manifestar el amor y la fe en el Señor.

Bendición

El Señor Todopoderoso, nos bendiga, nos
guarde de todo mal y nos lleve a
la vida eterna. Amén.

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