Obispos Auxiliares de La Habana (v parte)

Por Mons. Antonio Rodríguez (padre Tony)

Monseñor Salvador Riverón

Mons. Salvador Emilio Riverón Cortina (1948-2004)

He tenido la bendición de Dios de haber conocido a muchas personas buenas y excelentes. Dentro de esta gran legión incluyo a Mons. Salvador Riverón. Nuestro conocimiento mutuo pasó por varias etapas. Primero, éramos adversarios; entonces nos aceptamos naturalmente, sin esfuerzo; más tarde, éramos amigos. Y terminamos como buenos amigos. Así es como lo percibí.

Hombre sencillo, sin pretensiones de poder u honor; leal, fiel y sincero – si se quiere, muy sincero. Adoraba la verdad en todos los aspectos de la vida. Siempre estaba dispuesto a defenderla, aunque le costase posiciones vitales. Inteligente, pero los que no lo muestran. Católico de aquellos que ya no abundan. De confesión asidua y director espiritual. Caritativo de una manera discreta con los pobres. Fue capaz de rendir muy bien en los segundos lugares que siempre le pertenecían en la vida. La primera vez que fui rector, él era mi vicerrector. Ahí es donde nos hicimos buenos amigos.

Monseñor Salvador Riveron Cortina
Monseñor Salvador Riveron Cortina

Varios obispos han venido a nosotros desde la legendaria Camaguea: el cardenal Arteaga, el siervo de Dios Mons. Eduardo Boza Masvidal, Mons. Francisco Oves y el actual arzobispo, monseñor Juan García. También de esa región llegó a La Habana Mons. Salvador. Nació en la ciudad de Camagueyana el 7 de julio de 1948 y fue bautizado en la parroquia de Nuestra Señora de la Caridad de esta misma ciudad. Hasta la edad de cuatro años vivió en Esmeralda, donde su padre tenía un bufete de abogados. Más tarde la familia se mudó a la gente de Florida y allí desarrolló su vida. La enseñanza preuniversitaria era en las horas de la noche en la Escuela de Trabajadores Campesina en la ciudad de Camaguey, y de día era asistente en el bufete de abogados de su padre en Florida. Al final de la preuniversitario se matriculó en Biología en la Universidad de La Habana, fue el curso 1969-1970. A los pocos meses, la familia se trasladó al municipio de San Miguel del Padrón en la capital cubana. Allí vivía su madre, la catondosa y ama de casa, y su padre, pensador libre.

Un tío materno era el Padre José Cortina, que tenía una vocación tardía al sacerdocio. Fue alumno del seminario El Buen Pastor por la entonces Diócesis de Camaguey y a finales de la década de 1950 fue ordenado sacerdote y párroco de un pequeño pueblo de la provincia de Agramontine, donde fue sorprendido por la expulsión de sacerdotes en septiembre de 1961 y se vio obligado a abandonar Cuba en el barco Covadonga junto con otros clérigos. Luego se fue a trabajar a la República Dominicana y murió en un accidente automovilístico a finales de la década de 1960.

Me refiero a debajo de una anécdota que escuché hace casi cuarenta años de Mons. Adolfo Rodríguez cuando era obispo de Camaguey. Lo he contado más de una vez en homilías. Es completamente edificante. Resulta que el obispo Adolfo fue advertido de la muerte del Padre Cortina. Tenía que decírselo a su madre. El obispo no sabía cómo hacerlo. Su apariencia física traicionó algún hecho serio cuando vino a ver a la madre del Padre Cortina. Ella estaba lavando, y como solía hacerlo en ese momento, cantó la siguiente canción católica, muy común en esos años: «Servir con alegría al Señor, darle alegría…» Cuando la anciana vio al obispo, entendió la gravedad del asunto, y así dijo: «Como te veo, sé que no vienes a decirme ninguna buena noticia, mi hijo murió?» El obispo sólo tuvo que responder afirmativamente. La madre continuó: «Por algo desde que desperté, estaba cantando con gozo al Señor. con alegría.» Para mí que tiene un nombre: auténtica fe cristiana en el presente y en el más allá. El catolicismo de Mons. Salvador llegó a él en genes maternos.

En 1974, el joven Salvador se graduó con una Licenciatura en Biología, en la especialidad de animales superiores, y trabajó como tal en el Centro Nacional de Investigaciones Biológicas hasta que en 1978 ingresó al seminario San Carlos y San Ambrosio y fue ordenado sacerdote el 3 de marzo de 1982 por el recién nombrado Arzobispo, Mons. Jaime Ortega Alamino. Pronto se le asignó la parroquia de Santa María del Rosario con sus tres iglesias subsidiarias. En 1984 fue nombrado vicerrector del seminario Habanero, entonces rector Padre José Félix Pérez Riera. Al mismo tiempo fue nombrado párroco del Santuario de la Santa Catedral Metropolitana Iglesia de La Habana. A partir de ese momento, fue profesor de la asignatura de Metafísica en el seminario.

Aquí hago un acto para hablar de su pensamiento filosófico: era un neotomista impartido por tierra. Muchas veces, cuando se le oyó, dio la impresión de que junto con los diez mandamientos de la ley de Dios la tesis de veinticuatro tomistas había bajado del monte Sinaí. Se los explicó a sus alumnos uno por uno, con pasión, elocuencia y vehemencia. En una ocasión, el padre salesiano Bruno Roccaro me dijo: «Está bien para una universidad, pero no para un seminario». Su pensamiento católico era clásico, fiel a las verdades doctrinales y morales. Vibraba con el pensamiento teológico y filosófico de San Juan Pablo II. Era el Ratzinger cubano.

En noviembre de 1995, el cardenal lo nombró Vicario Episcopal de Cerro-Vedado y Centro Habana y rector de la Casa Sacerdotal. Aunque siempre siguió siendo profesor del seminario, en ese momento dejó de ser vicerrector. Perdí una ayuda efectiva que sentí como un vacío.

Después de la visita de San Juan Pablo II a Cuba en 1998, circularon varios comentarios sobre posibles candidatos al obispo auxiliar de La Habana. El 24 de abril de 1999, el Papa nombró al Padre Salvador Riverón como nuevo obispo auxiliar del cardenal Jaime Ortega. Estoy convencido de que fue la mejor opción y la ayuda que el arzobispo necesitaba para esos momentos de desbordamiento pastoral, típicos de aquellos años. Fue un colaborador eficaz del cardenal y del obispo con el que los sacerdotes habanes podían hablar de vosotros para presentar sus problemas pastorales y sacerdotales.

Una enfermedad repentina y mortal, cuyas molestias había estado sintiendo y sufriendo en silencio durante varios meses, le causó la muerte. Como resultado de un tumor intestinal, murió en la madrugada del domingo 22 de febrero de 2004. Había una luz divina en esa muerte. El calendario católico marcó la fiesta de la Cátedra de San Pedro. Así Dios nos dijo que la vida de Mons. Salvador era fiel a la Iglesia y a las enseñanzas del Papa.

Sus restos mortales se encuentran en la cripta de la parroquia del Espíritu Santo en La Habana junto con los de otros obispos, ya que hace unos años intenta una posible profanación en el panteón del cementerio de Colón donde se encontraban determinado su traslado al lugar actual.

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