En la sociedad actual, desbordada por la tecnología en las comunicaciones, hay más soledad e individualismo que nunca. Se cruzan los monólogos que han suplido al diálogo abierto y diáfano. La endémica sordera institucional e ideológica hace que los poderosos no tengan ningún reparo en someter a los débiles y abusar de ellos, alardeando incluso de que les ayudan y se sacrifican por su bienestar. Su ceguera mental, ideologizada por la cultura de la muerte, les impide ver más allá de sus egoísmos y perversas intenciones. A nivel individual y comunitario, en la Iglesia o fuera de ella, también hay mucha cerrazón, reduccionismos intencionados, mentes obtusas que quieren suplir el pensar y el actuar en libertad de los demás. La arrogancia, el orgullo, la soberbia y la prepotencia llevan a cerrarnos a lo que no nos gusta o conviene, y a quienes piensan y viven de manera distinta a la nuestra, quizás porque desnudan y ponen en evidencia nuestras contradicciones, falsedades y faltas de coherencia.
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