Al bate Héctor Zumbado: ¡DE CUATRO, CUATRO!

Por: Héctor Zumbado

Aprovechando las bondades de las redes, a partir de hoy ofrecemos a nuestros lectores fragmentos de obras escritas hace algún tiempo. Comenzamos con el humor agudo del maestro Héctor Zumbado. Aunque se trata de textos algo alejados en años, con lógicas diferencias de contextos, si quien lee se entretiene en cambiar una simple fecha, un lugar, o algunos adjetivos o circunstancias (sobre todo en lo referido a los precios), serán de nuevo válidos sus argumentos. Los trabajos corresponden a las páginas de sus plaquettes Una de cal, publicadas en 1991. Disfruten, una vez más, del gracejo y la simpatía del Zumba.

 

 

(I)

Un amigo me preguntaba el otro día cómo podría definirse el burocratismo.

–Mira –le dije–, no es fácil porque el concepto es amplio, abarca mucho. Puede, incluso, abarcar toda una región o hasta todo un país. Pero digamos –haciendo un intento, un profundo esfuerzo intelectual– que una de sus definiciones podría ser: “La tendencia, que a veces se convierte en obsesión, por controlarlo todo hasta el más mínimo detalle y, luego, la incapacidad para llevarlo a cabo”.

–No entiendo muy bien –me dijo mi amigo–, necesito un ejemplo.

–Bueno, un buen burócrata, un burócrata legítimo, pura sangre, espera que las croquetas de Quivicán, por ejemplo, sean igualitas, exactas, a las croquetas de Gibara. Entonces crea modelos, redacta orientaciones y circulares, imprime carteles, plegables y murales explicando al detalle los íntimos parámetros del modo y manera en que debe confeccionarse una croqueta. Convoca a reuniones, llama por teléfono, local y distancia, emplea el télex, gasta gasolina visitando unidades, exhorta, explica, impulsa, entusiasma y orienta. Y luego, claro, la croqueta de Gibara no resulta ser igualitica a la croqueta de Quivicán. Porque una croqueta es una croqueta y no un tornillo de media pulgada que sale de un torno. Aunque, naturalmente, hay croquetas que parecen y saben a tornillos de media pulgada.
(II)

En todas partes del mundo se pone cuidado en seleccionar el personal de la recepción que da la cara al visitante para darle una buena impresión porque, precisamente, la recepcionista es la fachada, el rostro de la entidad. Por eso se escogen con cuidado. Preferiblemente, que sean amables, de buena presencia, eficientes, sonrientes, inteligentes, agradables y diligentes. Siempre se hace así, en todas partes del mundo.

¿En todas partes? No exactamente. Hay sus excepciones. Como me ocurrió el otro día en un importante lugar vinculado a los medios masivos y cuyo nombre no doy para que no pase pena pública. Tenía reunión con el director de ese organismo, y la recepcionista hacía su mejor esfuerzo, con la neurona que le estaba funcionando en ese momento, para hacerme el pase. Confrontó trabajo con el nombre, pero no pudo con el apellido. Fueron minutos interminables, lentos, angustiosos, desesperantes, hasta que al fin terminó el pase. Hertor Sunfardo, decía el papelito.

–Compañera –le dije– la humanidad le agradece que usted no estuviera en los últimos momentos del Titanic haciendo los pases para los botes salvavidas.

(III)

Todo comenzó en agosto de 1983, cuando llegaron con bríos los muchachos de la construcción al edificio Focsa para remodelar las oficinas de Publicitur, que ocupan el piso bajo, por la calle 19.

Un año después, en agosto de 1984, el trabajo no estaba terminado aún, a pesar de que se trataba de un solo piso, y de lo alegres y entusiastas que estaban la brigada y los funcionarios que dirigían la obra.

Otro año más pasó –agosto de 1985–, y la obra seguía sin terminar, aunque es justo decir que se había adelantado algo.

En agosto de 1986, tres años después de aquel agosto de 1983, las nuevas y relucientes oficinas no pudieron inaugurarse. Sin embargo, la fe no decaía.

Ahora, a fines de este mes de diciembre, casi al terminar el año, ya sí se puede decir que la obra está casi terminada.

No quisiéramos deprimir a estos entusiastas constructores contándoles que el edificio Focsa, de treinta y cinco pisos, se construyó en año y medio en la década del cincuenta. Es decir, si a esta brigada, que ha tardado tres años y medio, se le hubiera dado la tarea de remodelar el edificio, ellos –y sus descendientes, claro está– habrían tardado ciento veintidós años y seis meses. Un tin más de lo que tardó la pirámide de Keops.

 

(IV)

¿Qué es más difícil, hacer una tesis de grado o presentarla bonita? La pregunta es profunda. Para empatarse con el ansiado Lic…, el estudiante tiene que hacer un serio esfuerzo intelectual. Debe plantear una tesis, desarrollarla, fundamentarla, investigar, hacer entrevistas, consultar bibliografías, caerle atrás al tutor, y después escribirla con cierta coherencia sin muchas faltas de ortografía. Una labor verdaderamente “tetánica”, como me dijo un asere graduado de Filología.

Todo eso, sin embargo, parece una bobería al lado del monumental esfuerzo que tienen que hacer los muchachos para presentar el trabajo de diploma, porque, como ya se ha hecho costumbre, hay que presentarlo lindo, porque a veces el formalismo, el protoculismo –¿cómo se dice?–, nos comen por una pata, y somos esclavos del safari, la guayaberita bordada, el discursito leído y el ramo de rosas envuelto en nailon.

Eduardo, un recién graduado de Historia del Arte, me cuenta que lo suyo fue relativamente fácil. La carpeta a consiguió con una señora que se dedica a eso, que cobra sesenta pesos, y cuyo negocio florece en tiempos de tesis. La mecanógrafa, pagando sesenta centavos la cuartilla, ciento veinte cuartillas, setenta y dos. El papel lo obtuvo haciendo un talle en el trabajo del padre, y la corrección de estilo mediante otro talle con un corrector. Total, una herida en el presupuesto familiar, mucho más, sin duda, de lo que le costó a García Márquez imprimir su discurso ante la Academia Sueca para recibir el Nobel.

Claro, dice Eduardo, lo ideal sería que la Universidad o las Facultades pudieran brindar esos servicios a los estudiantes a precios módicos. Claro que sí, Eduardo.

 

 

Tomado de Aquí está Zumbado, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2012.

Deje su comentario

Comparta su respuesta

Su dirección de correo no será publicada.


*