Notas del año de la Covid (11)

Por: José Antonio Michelena y Yarelis Rico Hernández

Ilustración: Ángel Alonso
Ilustración: Ángel Alonso

Transitamos por el octavo mes del año lidiando con la Covid-19. Hubiéramos querido vivir todo este tiempo en una cápsula, en una cámara hiperbárica, en hibernación, y salir afuera solo cuando todo pasara. Pero han sucedido tantas cosas en la aldea global en estos siete meses… Y qué es la vida sin la experiencia del día a día, de lo que acontece y nos acontece.

Por muy aislados que estuviéramos, no podíamos estar sin escuchar el latir del mundo, las múltiples historias, desde el origen y la propagación del nuevo coronavirus y el seguimiento a la crisis sanitaria, hasta los efectos sociales por la asfixia de un afroamericano por un policía en Minneapolis. ¿Acaso no es todo un solo relato?

En la Isla no hemos estado ajenos a los sucesos de afuera, pero también adentro han pasado cosas. Y para todo hay criterios y posicionamientos que provocan desencuentros y choques cuando aflora la intolerancia, las voces que gritan más alto porque quieren ser las únicas escuchadas, las que se creen portadoras de la verdad.

Palabra Nueva ha querido compartir las expresiones de un grupo de voces diversas para ofrecerlas a sus lectores como una muestra de las experiencias personales y colectivas que se han vivido en este año bisiesto tan peculiar y asombroso, este veinte-veinte convertido en cuarent(en)a.

Hemos solicitado a esas personas que nos narren sus vivencias en estos meses, cómo han transcurrido sus días, de qué manera han enfrentado los desafíos y qué lectura hacen de lo acaecido, cuáles son sus ideas al respecto.

 

Duras sacudidas

Por Mabel Martín Zuaznábar

 

Si algo bueno tiene esta situación de contingencia mundial es que todos percibimos hoy, con mucha más claridad, lo que verdaderamente importa. Día tras día la sociedad nos hace competir con nuestro silencio interior, al estar bombardeados de noticias, constantemente, e hipnotizados, a veces, por una realidad virtual generada desde las redes sociales.

Es paradójico el hecho de que, lo estratificado por el desarrollo de la humanidad, la epidemia se ha encargado de situarlo a una equidistancia que nos sobrecoge. Para este virus no existen fronteras, poder económico, estratos sociales, profesiones, razas, religiones…, aunque innegablemente la peor parte la han llevado los más desfavorecidos, los pobres y los migrantes.

La Covid-19 parece sintonizarnos a todos para escuchar una música que quizás no sea la más alegre, pero sí la más genuina: una conversación familiar sin prisa, la voz de un amigo o un ser querido, el murmullo del mar y sus olas, o la caricia del viento en nuestro rostro.

Expuestos al mundo de hoy en la famosa cultura del envase –como nos recordara Eduardo Galeano– esta pandemia mundial, pese a la dolorosa lección que nos deja, revela la imperiosa necesidad de la búsqueda hacia el interior del recipiente: nosotros mismos. No necesitamos expresar en Facebook que vivimos en un carnaval perpetuo, debemos luchar por mantenernos vivos.

Una sociedad ahogada en el espectáculo, donde lo privado y lo público compiten de manera feroz, ha sufrido una dura sacudida. Valoramos hoy las actividades más triviales y sencillas, esas que por habituales dejaron de tener significado: sentarnos tranquilamente en un parque, tomar el sol y pasear al perro. Navegábamos en el mar de la insignificancia y un fuerte tornado nos ha hecho entender la fragilidad de nuestra existencia, y que todos compartimos este planeta donde cada ser vivo importa, esté donde esté.

Nunca es fácil sopesar una reflexión sobre lo que nos acontece a diario, más difícil aún desde un país como Cuba, donde las contingencias se vuelven cíclicas e interminables. Vivimos y sufrimos una realidad que nos demanda responsabilidad personal, sensatez, tolerancia, disciplina, solidaridad, sacrificio, y algo que quizás se ha ido perdiendo en los extensos y duros años de carencias económicas y sociales: la empatía. Tendremos que declarar cada vez más alto y fuerte “ponte en mi lugar”, una frase –aunque los cubanos estamos saturados de ellas– que implica entender que el peso de nuestras decisiones importa mucho porque favorecen o perjudican al otro.

Texto martiano-trabajo de Mabel Martín
Texto martiano-trabajo de Mabel Martín

“Este virus no puede llegar aquí”, escuchaba por doquier los primeros meses del año en la calles de La Habana, cuando necesariamente las recorría a diario para acometer mis labores cotidianas. Y seguía otra aseveración popular: “Si eso pasa, el colapso económico que se nos avecina será terrible”.

Siempre me ha conmovido la capacidad de soñar del cubano, aún en la angustiante realidad en que vive. Claro, nunca he dudado tampoco de su inteligencia, ni de la sabiduría de un pueblo acostumbrado a resistir una penosa sobrevivencia durante tantos años, y por supuesto, sabía muy bien que lo que decían estaba justificado por la precaria base económica existente por las razones que todos conocemos.

Pero como los sueños de los cubanos que viven en la Isla rara vez se cumplen, el SARS-CoV-2 llegó de Italia, pese al reclamo nacional del cierre de fronteras inmediato cuando la pandemia estaba invadiendo a buena parte de los países del mundo. Comenzaba entonces una implementación de medidas restrictivas de sanidad y distanciamiento social para contener la propagación y las muertes por este coronavirus.

Más de tres meses de duro confinamiento, angustiosas colas para obtener lo imprescindible, desesperación, y el temor a enfermar o contagiar a seres queridos, ha sido lo más desesperante de estos tiempos. En un santiamén todo ocurría en un mismo sitio y todos compartíamos los mismos horarios. Mi casa ya no era un refugio, sino el centro de todo: el cuidado, la educación, la socialización, y el trabajo artístico. La carga de trabajo doméstico se había duplicado, y por ende, las relaciones de convivencia demandaban mucha paciencia.

Soy madre de un adolescente de diecisiete años y cuido a mi anciana madre. Ninguna de las dos cosas es fácil, pero he tratado de incorporarle cierto humor a las situaciones que me acontecen; lidiar con una mentalidad adolescente en un país donde lo absurdo se vuelve tan cotidiano como sus cambios de parecer, se volvió una tarea titánica. Decidí que mi lucha no era por mantener el orden en la casa –eso era exigirme demasiado– sino por mantener la calma y la risa.

Aproveché mis días para dedicar tiempo a mi hijo, comenzando por compartir las teleclases de matemáticas que al principio fueron bien acogidas, pero con el tiempo se fueron haciendo indeseadas, por ser obligatorias. Afortunadamente, eso le fue inculcando cierta independencia en el estudio, y para mi asombro, su foco de atención hoy es un libro de Historia de Cuba, del que hace anotaciones diarias para futuros exámenes. Poco a poco también fue descubriendo mi librero y escogiendo libros de su preferencia. Dicho así parece un cuento de hadas, nada más irreal; la ofensiva para conservar el cuarto en orden y la música en decibeles cincuentones ha sido campal.

Con mi madre, caminé lentamente explorando ciertos recursos, dediqué las horas que pude y las empleé hablándole de algunos cuentos que me hacía de niña, aunque sabía de antemano que no me entendería del todo, pero que mi voz sí era importante, y alguna que otra vez mi risa se encontraba con la de ella, así como con la mirada de la mujer fuerte que fue y que me enseñó siempre que si algunos podían hacer algo, yo también podría hacerlo.

El doble reto de ser mujer, asumir intensas labores de cuidado familiares y domésticas, y ser artista visual, me ha obligado a replantearme la creación de arte a espacios y horarios reducidos. Incluso algunos proyectos con otros artistas los he monitoreado desde las redes. Encontrar un espacio de reflexión, intimidad, y trabajo, me ha sido lo más difícil. Esto necesariamente exige pensar e indagar zonas de la creación inexploradas por mí, y reevaluar otras que habían sido relegadas.

Trabajo como especialista en el Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño de La Habana y a su vez imparto artes visuales en un proyecto comunitario que ayuda a estudiantes con necesidades educativas especiales. El cierre de galerías e instituciones educativas propició que mi tiempo laboral se redujera solo a la preparación de futuros proyectos expositivos y a terminar los ya comenzados.

Hasta cierto punto he convertido el escenario de la pandemia en una situación provechosa para acometer la creación. Mi tiempo lo pasaba organizando nuevas ideas de proyectos, escribiendo anécdotas, revisando poesías, y realizando bocetos, dibujos y pinturas, algunos incluso para regalar a los amigos y a sus hijos.

Distanciamiento social y no distanciamiento mental me recomendaban los sicólogos; las redes sociales y los chats del Whatsapp permitieron la comunicación con muchas personas y en especial con una buena parte de amigos de la adolescencia. Sin dudas fue otra sacudida a mi memoria, gracias a la llegada de internet a los móviles en Cuba.

¿Te acuerdas de mí?”, fue un despertar de recuerdos dormidos. Esta pregunta, en el chat, permitió retomar un diálogo cortado hace más de treinta años cuando estudiábamos en la escuela Lenin. Reencontrar esos amigos en una situación de crisis, me develó que debía intentar retener este instante en una obra, quizás no tan artística, pero sí provechosa desde ambos lados. Era importante para mí poder escuchar sus voces, sus risas, sus ideas, sus ilusiones, chistes, y sus sacrificios, más allá de compartirlos o no, más allá de las diferencias, más allá de todo lo que existe.

Fue muy placentero concebir el proyecto “A todos los que saben amar”, para realizar un video aglutinador que reúne, por sobre todas las cosas, a queridos amigos. Tomamos como base e hilo conductor el discurso «Con todos y para el bien de todos», de nuestro José Martí, pronunciado en el Liceo Cubano de Tampa, el 26 de noviembre de 1891.

Obra de Mabel Martín para el audiovisual
Obra de Mabel Martín para el audiovisual

Dicho audiovisual recogerá fragmentos de videos muy cortos, filmados por quienes se sumen al proyecto. Cada cual aportará y enriquecerá el audiovisual con su propia imaginación y libertad de creación. Mi labor fue proponer una idea general para que todos se convirtieran en artífices de su propia obra artística, en la que cada uno se filmaría escribiendo, o en cualquier caso leyendo, fragmentos del discurso mencionado. Todos estos amigos coincidimos durante el período de 1981-1987 en la –primero– llamada Escuela Vocacional V. I. Lenin, y posteriormente Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas de La Habana.

La idea era convocarlos a realizar una obra en común, en aras de rememorar, desde un texto que invita a la unidad –a pesar de la diferencias de cualquier índole– aquellos años donde fundamos esa amistad, y nos formamos con altos valores humanos y con una buena preparación para la vida futura.

Es una obra colectiva donde todos podamos opinar y dar ideas, y donde siempre respetemos las diferencias. Amigos de diversas profesiones, desde diversas geografías, con diferentes posiciones políticas y religiosas, pero juntos bajo la grandiosa idea martiana de la unidad para un bien común: una mejor patria para todos. Un concepto de patria sin límites de espacio geográfico y basado en los afectos de hijos, amigos y familias, hermanados en las tradiciones y costumbres comunes.

Tres viejas amigas que no nombraré, más que otras, hicieron posible concretar este sueño. Para distinguirlas acudo a ubicarlas en tres etapas cruciales de mi vida. Una es mi niñez, esa que no te defrauda y que siempre sabes cómo piensa. Otra es mi adolescencia, mi mejor confidente, la que le confías algo que ni a tus padres revelarías. La última, mi adultez, esa que te hace confrontar la realidad y crecer internamente. Muy diferentes una de las otras, han sido mi contención y mi faro en estos días de cuarentena en que la luz no alcanzaba a iluminar las sombras.

Un proyecto colectivo como “A todos los que saben amarno hubiera sido posible antes de la llegada de la tecnología de 3G y 4G a la Isla, como también está claro que la sacudida, desde las redes sociales, entre las autoridades gubernamentales cubanas y el ciudadano común, ha sido, sino intensa, al menos notoria. Cabría preguntar: ¿Monólogo o diálogo?

El camino adoptado por las autoridades ha persistido desde una sola dirección, e inevitablemente, intuyo, que un espacio de diálogo y reconciliación nos podría permitir crecer como pueblo.

Cuba tiene que pensar desde el individuo pleno en su libertad de expresión. Pido licencia a mi amado idioma español para pensar en ese YO. Quiero decir y repetir sin sujeto omitido: Yo existo, yo cuento, yo sueño, yo quiero respirar.

 

MABEL MARTÍN ZUAZNÁBAR
MABEL MARTÍN ZUAZNÁBAR

MABEL MARTÍN ZUAZNÁBAR (La Habana, 1969). Arquitecta y artista visual. Trabaja como especialista en el Centro Provincial de Artes Plásticas de Luz y Oficios, y de profesora de artes plásticas en el proyecto comunitario Atrapasueños.

Se el primero en comentar

Deje un comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*