Domingo de Pentecostés

Por: padre José Miguel González Martín

Palabra de Hoy
Palabra de Hoy

23 de mayo de 2021

Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu.

Jesús exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”.

 

Lecturas

 

Primera Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.
Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:
“¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
Entre nosotros hay partos, medos y elamitas y habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tantos judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua”.

 

Salmo

Sal 103, 1ab y 24ac. 29bc 30. 31 y 34

  1. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor: Dios mío, ¡qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas. R.

Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas, y repueblas la faz de la tierra. R.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor. R.

 

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios 12, 3-7. 12-13

Hermanos:
Nadie puede decir: “Jesús es Señor”, sino por el Espíritu Santo.
Y hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.
Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
“Paz a ustedes”.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
“Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
“Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”.

 

Comentario

 

Concluye hoy el tiempo litúrgico pascual con el domingo de Pentecostés, domingo del Espíritu Santo, cincuenta días después de la Resurrección del Señor. Finaliza también hoy la gran catequesis bautismal en la que hemos renovado nuestra fe cristiana, que comenzó el Miércoles de Ceniza con el inicio de la Cuaresma y que ha llegado hasta hoy, día de Pentecostés, con el final de la Pascua, teniendo como eje la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, esto es, su resurrección. Mirando hacia atrás, recordamos cómo al principio de este camino se nos pedía penitencia, austeridad, vaciamiento interior, ayuno, limosna y oración. Ahora entendemos que ello era necesario para poder recibir el gran regalo que Dios Padre, por medio de su Hijo Jesucristo, quiere hacernos: el don de su Espíritu Santo. El camino de la vida del cristiano consiste en estar constantemente vaciándonos de nosotros mismos para hacer espacio y dar lugar al Espíritu Santo, que es el Espíritu de Dios, que nos alienta, anima, fortalece, ilumina, empuja en el cumplimiento de lo que Dios mismo desea de cada uno de nosotros. Lo recibimos ya en el bautismo y, de manera plena y definitiva, en el sacramento de la confirmación, pero hemos de actualizarlo cada día, viviendo en gracia de Dios por medio de la participación en los demás sacramentos de la Iglesia, principalmente en la Eucaristía.

Repetidamente se ha dicho que el Espíritu Santo es el gran desconocido de los cristianos católicos. Y puede que esa afirmación tenga algo de verdad. Las figuras del Padre y del Hijo, más antropomórficas y fáciles de entender, han ido llenando nuestra fe y relación con Dios, de tal manera que la referencia al Espíritu Santo ha quedado un tanto suplantada por ellas. Nos resulta más cómodo y fácil orar y hablar con Dios Padre, y por supuesto, con Jesús, que con el Espíritu Santo. La figura humana de Jesús, como Hijo de Dios hecho hombre, nos inspira constantemente en nuestro pensar y obrar cristianos, quizás mucho más que las figuras bajo las cuales aparece el Espíritu Santo en la Escritura: fuego, viento, paloma, aceite… Nos podemos incluso preguntar: entonces, qué o quién es el Espíritu Santo.

El Catecismo nos dice que el Espíritu Santo no es algo sino alguien, es la tercera persona de la Santísima Trinidad, junto con el Padre y el Hijo. Decimos en el Credo que es “Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo y que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria y que habló por los profetas”. La palabra “espíritu”, que en latín se dice “spiritus”, en griego “pneuma” y en hebreo “ruah”, significa aire, viento, aliento, soplo. En definitiva, son imágenes que nos ayudan a entender el ser mismo de Dios, que es Espíritu, que como el aire no se ve ni se toca, pero está, nos da vida, lo respiramos, nos oxigena y nos impulsa con su fuerza a seguir adelante.

El Espíritu Santo es el mismo Espíritu de amor que une a Jesús con el Padre, el Espíritu de Dios, el Espíritu de Jesús. Jesucristo, en su vida terrena, fue manifestando poco a poco a sus discípulos su condición divina, al mismo tiempo que les mostraba que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo el que acompaña y reconforta a Jesús en su caminar hacia la ofrenda de su propia vida en cumplimiento de la voluntad del Padre. Y es el mismo Jesús el que, habiendo vencido a la muerte y desde su glorificación, se convierte en el dador del Espíritu a sus discípulos. El evangelio nos lo recuerda así… Cristo mismo les dice: “Reciban el Espíritu Santo”.

Si Jesucristo es llamado Enmanuel, que significa “Dios con nosotros”, el Espíritu Santo podría ser llamado y entendido como “Dios en nosotros”. Dios Padre, que nos ha creado a su imagen, que nos ha dado el ser, al mismo tiempo, nos ofrece la posibilidad de llenarnos con su propio Espíritu para así divinizarnos, dejándonos poseer por Él sin anularnos ni expropiarnos de nuestro propio ser con todas nuestras potencialidades, sino todo lo contrario. Su Espíritu en nosotros ilumina nuestra inteligencia, fortalece nuestra voluntad, impulsa nuestra libertad hacia la verdad y el bien.

El don del Espíritu Santo fue la última gran sorpresa que Jesús resucitado tenía reservada a sus discípulos. Él les había dicho: “Yo estaré con ustedes siempre”. Pero no les había explicado cómo. En el momento de su ascensión a los cielos les pide que esperen el don de Dios y se mantengan reunidos en su nombre. Y, tal como nos narra la primera lectura de hoy, sucedió que un día, un viento fuerte irrumpió donde ellos se encontraban y llenó toda la casa. “Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse”.

San Pablo nos recuerda, en la segunda lectura de hoy, que es el Espíritu Santo quien cohesiona el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia… Hay diversidad de dones, ministerios y funciones, pero un mismo Espíritu, que es el mismo Espíritu de Jesús. Y cada cristiano bautizado recibe el Espíritu Santo no para sí sino para el bien común, para crear comunidad, para enriquecer a todos. Él nos invita a la oración pues nadie puede decir Jesús es Señor sino es bajo la acción del Espíritu Santo. Él es el gran protagonista de la historia de la Iglesia que ha ido guiando e impulsando su acción misionera en el mundo a través de los apóstoles y sus sucesores los obispos. Él sigue iluminando al Papa y a todos los pastores del Pueblo de Dios para que lo guíen y custodien como conviene.

En el Evangelio de hoy, observamos cómo Jesús resucitado exhaló su aliento sobre sus discípulos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”. Antes les había dicho también: “Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Es decir, Jesús les hace partícipes de su mismo Espíritu, el Espíritu de amor que le une al Padre, para que se conviertan en continuadores de su misma misión.

Es la misión de la Iglesia, de cada discípulo misionero, de cada bautizado y enviado, la misión de evangelizar, anunciar la buena noticia del amor y de la misericordia de Dios para con todos; la misión de sacar del pecado y de la muerte a todos los que están esclavizados, la misión de vencer el mal con la fuerza del bien, iluminar la oscuridad de la mentira y los engaños desde la luz de la verdad, curar los corazones desgarrados con el bálsamo del amor de Dios que nos da su Espíritu; la misión de poner fraternidad, cordialidad, amabilidad, respeto, compromiso, colaboración donde hay frialdad y distancia, enemistad, desprecio, orgullo, desafección, sometimiento, supremacía ideológica o racial.

Por eso necesitamos su Espíritu, espíritu de sabiduría, de entendimiento, de consejo, de ciencia, de fortaleza, de piedad y de temor de Dios. Espíritu que nos tenga unidos en la diversidad y nos mantenga hermanos en la adversidad. Dios Padre, por medio de Jesucristo su Hijo amado, quiere renovar su Espíritu en cada uno de nosotros en este nuevo Pentecostés. En este momento particular de sufrimiento generalizado por la pandemia, de agobio y desesperación por las consecuencias de ella en familias rotas, que han perdido seres queridos, que siguen sufriendo la enfermedad, que han perdido trabajo y bienes necesarios para la subsistencia, repitamos con insistencia: ¡Ven, Espíritu Santo!

Dispongamos nuestro corazón a recibirlo, esperémoslo con fe y confianza, recibámoslo con alegría y entusiasmo. Pidámoselo a Dios con fuerza: Envía, Señor, tu Espíritu, ¡y renueva la faz de la tierra! Danos, Señor, tu Espíritu Santo.

 

Oración

 

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.

AMÉN.

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