Caminar juntos

Por: Jorge Fernández Era

El camino hacia la escuela donde hice la mayor parte de mi primaria estaba lleno de gente sabia. Hablo en pasado porque ya mis pasos no me llevan tanto hacia la calle Correa y no sé cuánta gente buena habrá muerto o cuántos otros los han relevado en esos vericuetos de la barriada de Santos Suárez que me conozco al dedillo. Lo cierto es que para ir hacia la escuela probé todos los recorridos posibles, y en cada uno descubrí personas que sembraron algo en mí.

En San Bernardino vivía Santiago, un septuagenario que emigró desde España y le gustaba contarme cualquier cantidad de anécdotas sobre su entrañable península. Con él y con mi bisabuela –Abue para la eternidad–, que vivía en su misma cuadra, aprendí una historia más cercana sobre aquellos que en las clases de Historia no tenían más nombre que “españoles” y debíamos mirar con cierto recelo. Oír hablar a ambos era una fiesta, y cuando se embullaban a cantar coplas había que parar en seco.

En la bodega de la esquina trabajaba Gustavo, un hombre con una memoria increíble para conversar, mientras llenaba los cartuchos o molía el café. Amaba su profesión, hacía todo con un arte colosal, su bodega presumía de una limpieza impecable. Su sonrisa era sincera, sus carcajadas las recuerdo cada vez que escucho alguna parecida. Tanta era su memoria, que hace alrededor de una década, la última vez que me lo encontré por ahí, se acordó de aquel día de mis inocentes diez años en que, haciendo junto con mi hermano los mandados de la casa, le rogué me diera la mitad de la cuota mensual de arroz amarillo.

En la otra esquina, la de Flores y Santa Irene, estaba la barbería donde mis padres me torturaban a la malanguita en los sesenta. Aun así me gustaba la espera en el portal, pues los dos barberos eran una enciclopedia de cuentos populares, de personajes ilustres y de chistes. Hasta las malas palabras las decían con una elegancia del carajo. Y ni hablar de la destreza con que realizaban los cortes o afilaban las navajas. Tanto me gustaba ir a la barbería que a veces, al regreso de la escuela, hacía escala allí para oír la discusión de rigor sobre temas de actualidad o el pase de lista de las mujeres más bellas del entorno.

Más allá, en San Indalecio y San Bernardino, vivía mi adorada maestra Lolita. Todavía conservo la agenda que me regaló, adornada por ella, al terminar el quinto grado, donde impartió todas las asignaturas e hizo soñar a sus educandos con la historia, la geografía o la literatura. Cito esa vieja casa de dos plantas porque, a pesar de que muchos de mis compañeros salían de la escuela con deseos de mataperrear, yo pasaba por allí a recoger o devolver algún libro que me recomendaba mi maestra o escuchar las siempre luminosas respuestas que ofrecía a mis preguntas. Desde mis pocos años la veía vieja, muy vieja, pero mucho tiempo después descubrí que Lolita no llegaba ni a cuarenta y cinco cuando nos hablaba desde el pizarrón con una voz que tengo grabada aquí.

En la Oscar Rodríguez Delgado –esa edificación que hoy es escuela y que algún día abrigó un convento de monjas o algo parecido– siempre nos acompañó un señor mayor, alto y canoso, de apellido Morín. No era abuelo de ninguno de los alumnos, tampoco de los profesores ni del personal de servicios de aquel seminternado: era simplemente alguien que se desvivía por ayudar, lo mismo sustituyendo a algún maestro para mantener la disciplina del aula que inventando juegos que divertían a sus muchachos en el amplísimo patio de la institución. Con Morín hice una amistad especial, que continuó cuando me fui a hacer la secundaria en la Lenin y, los fines de semana, le caía en la Casa de la Trova de Correa y Diez de Octubre, en la que él colaboraba, para que me siguiera inculcando el amor infinito por la música tradicional cubana que me enseñó desde mi tercer grado.

De alguna u otra manera, cada uno de aquellos personajes de mi infancia dejaron huella en mí. Ampliaron el alcance de un recorrido que comenzó por las cinco cuadras que separaban mi casa de la escuela y que todavía se abre con cada ser humano entrañable que me es dado conocer.

Quizás esas historias no sean lo suficientemente interesantes para aquel que no las vivió. Es que escribo sobre la necesidad que tenemos todos –hasta el más solitario de los terrícolas– de sentirnos acompañados y acompañar a la vez al familiar, al amigo, al vecino puerta con puerta o al conocido de al doblar la esquina. Ello me llevó a recordar a Abue, a Santiago, a un par de barberos, a Lolita y a Morín. A ellos debo parte del resultado bueno, regular o malo de mi existencia. Cada cual tendrá su leyenda, su barrio, su escuela y uno o más amigos que marcaron este o aquel recorrido, que lo escoltaron en las buenas y en las malas.

Un sabio indio, Rabindranath Tagore, escribió: “No camines delante de mí, puedo no seguirte. / No camines detrás de mí, puedo no guiarte. / Camina al lado mío y simplemente sé mi amigo”.

De eso se trata: debemos acompañarnos. No queda otra. Ω

 

palabranueva@ccpadrevarela.org

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