Solemnidad de Santa María Madre de Dios

Por: Redacción de Palabra Nueva

Jornada mundial de la Paz

1 de enero de 2021

El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor.
El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz.

Ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores…

 

Lecturas

 

Primera Lectura

Lectura del libro de los Números 6, 22-27

El Señor habló a Moisés:
“Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que ustedes bendecirán a los hijos de Israel: ‘El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor.
El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz’.
Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré”.

 

Salmo

Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8

R/. Que Dios tenga piedad y nos bendiga.

Que Dios tenga piedad nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. R/.

Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia
y gobiernas las naciones de la tierra. R/.

Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman todos los confines de la tierra. R/.

 

Segunda Lectura

Lectura de la carta de san Pablo a los Gálatas 4, 4-7

Hermanos:
Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial.
Como somos hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abba, Padre!”. Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 16-21

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.
Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

 

Comentario

 

Hace ocho días celebrábamos la Navidad, el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios y de María. A los ocho días de nacido, para cumplir con la ley judía, el Niño fue circuncidado y recibió el nombre de Jesús, que significa “Dios salva”. Todavía hoy resuenan en nuestros corazones los ecos de la Navidad y su enorme significado para la humanidad entera y para cada uno de nosotros como parte de ella. Dios, en persona, se ha hecho uno como nosotros para salvarnos, para sanarnos, para liberarnos, para darnos la vida plena, para enseñarnos a ser y vivir como y para lo que Él nos creó, para ser sus hijos, para que en Él encontremos la auténtica felicidad, la vida verdadera y plena.

Como nos recuerda san Pablo, en la plenitud de los tiempos, Dios envió su Hijo al mundo naciendo de mujer y esta mujer se llamaba María. Naciendo bajo la ley, esto es, sin privilegios o privaciones de leyes, como cualquiera de nosotros. Y todo ello para rescatarnos del pecado y de la muerte, para que salgamos de su esclavitud y nos convirtamos en hijos de Dios y vivamos como tales. He aquí el gran proyecto de Dios sobre toda la humanidad que nuestros primeros padres rompieron con la desobediencia del pecado, y que también nosotros abandonamos cada vez que nos alejamos de la Casa del Padre. Alejarnos de Cristo, es alejarnos de Dios, desperdiciar el enorme regalo de vivir como hijos, porque Dios nos quiere hijos, no esclavos; Dios quiere hacernos partícipes de su herencia que es la vida divina, la vida eterna, la vida plena. Lo hace por medio de Jesús, el Mesías, el Señor, el Salvador.

La primera en vivir esta realidad fue María, la llena de gracia, la que de manera humilde y sencilla conservaba todo en su corazón, aun sin comprender, a la espera de la luz de Dios. Desde el principio los primeros discípulos de Jesús, y luego los primeros cristianos, se dieron cuenta de la importancia de María, de su insustituible lugar en el proyecto de Dios, a quien dijo sí en todo desde el primer momento. De manera que, cuando en la Iglesia se afirmó la verdadera divinidad de Jesús, también se afirmó la maternidad divina de María. Verdaderamente María, como madre de Jesús, Hijo de Dios, puede ser llamada porque lo es, Madre de Dios. Y así lo empezaron a rezar los cristianos ya desde el siglo V: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros…”. También lo rezamos hoy nosotros, conscientes de que, en el rostro de su Hijo Jesús, María nos reconoce a cada uno de sus discípulos, desde que Él nos la dio como Madre en la figura del apóstol Juan, antes de morir en la Cruz.

El amor de hijos que como cristianos profesamos a María, la Virgen, no puede ser una mera devoción más, ni siquiera la más importante; a las madres no se les tiene devoción, porque de una devoción se puede prescindir. A las madres se les quiere de verdad, y su amor es imprescindible. Nuestro amor a María, Madre de Dios y madre nuestra, es uno de los mejores caminos para crecer y vivir el amor de Dios que Cristo nos da a conocer. Incluso, podemos decir que para muchos su amor materno es expresión viva del amor también maternal de Dios sobre cualquier persona. Por eso tantas generaciones la hemos llamado bienaventurada, por eso en cualquier lugar hay una ermita dedicada a ella bajo una advocación siempre distinta. Todos esos nombres de María tienen una raíz común insustituible: Madre de Dios.

De la mano de ella, hoy damos gracias a Dios por este año nuevo que estamos comenzando. La vida de cada uno de nosotros es un camino hacia la eternidad que se divide en etapas. Un año nuevo es una nueva etapa y una nueva oportunidad que nos regala el Dueño de la Vida. Mirar al futuro con ilusión y esperanza, a pesar de los dolores y sufrimientos, debiera ser nuestra actitud hoy, como hombres y mujeres de fe, que sentimos cada día la bendición y la protección de Dios Padre, su luz que ilumina nuestro caminar en paz.

Hoy también celebramos en la Iglesia y fuera de ella la Jornada mundial por la Paz propuesta por el Papa San Pablo VI hace 54 años. El Papa Francisco nos ofrecía la semana pasada el mensaje para su celebración bajo el título “La cultura del cuidado como camino de paz”, en el contexto de la difícil situación que está viviendo la humanidad entera flagelada por la pandemia. Vale la pena leerlo en su totalidad y meditar las preciosas sugerencias del Santo Padre que concluye dicho texto diciendo: “La cultura del cuidado, como compromiso común, solidario y participativo para proteger y promover la dignidad y el bien de todos, como una disposición al cuidado, a la atención, a la compasión, a la reconciliación y a la recuperación, al respeto y a la aceptación mutuos, es un camino privilegiado para construir la paz”. “En muchos lugares del mundo hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia” (Fatelli tutti, 225). En este tiempo, en el que la barca de la humanidad, sacudida por la tempestad de la crisis, avanza con dificultad en busca de un horizonte más tranquilo y sereno, el timón de la dignidad de la persona humana y la “brújula” de los principios sociales fundamentales pueden permitirnos navegar con un rumbo seguro y común. Como cristianos, fijemos nuestra mirada en la Virgen María, Estrella del Mar y Madre de la Esperanza. Trabajemos todos juntos para avanzar hacia un nuevo horizonte de amor y paz, de fraternidad y solidaridad, de apoyo mutuo y acogida. No cedamos a la tentación de desinteresarnos de los demás, especialmente de los más débiles; no nos acostumbremos a desviar la mirada, sino comprometámonos cada día concretamente para “formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros”.

La paz verdadera es un don de Dios, pero también un fruto de nuestro trabajo. Bienaventurados los que trabajan por la paz, dijo Jesús en el Sermón de la Montaña, porque serán llamados hijos de Dios.

 

Oración

 

Padre Santo, Creador del cielo y de la tierra, Señor de la historia y de todo cuanto existe, a ti la gloria y la alabanza por siempre.

Te damos gracias porque un año más nos concedes la vida. Te damos gracias por este nuevo período de nuestra existencia. Te pedimos que nos bendigas y acompañes en el Año nuevo que comenzamos; no nos dejes de tu mano para que te sirvamos como hijos iluminados siempre por la fe y el amor. Guárdanos de todo mal, del pecado y de la muerte. Te pedimos que cese el dolor y el sufrimiento que esta pandemia está causando a toda la humanidad, especialmente a los más pobres y desfavorecidos. Te pedimos que concedas el descanso eterno, en la paz junto a Ti, a todos los que nos dejaron para siempre en este año pasado. Ayúdanos a confiar en Ti y a vivir cada momento y cada acontecimiento con la conciencia de que Tú lo sabes todo, que siempre estás atento y nada escapa de tu poder.

En este día te pedimos de nuevo por la paz, paz que es fruto de la justicia y del trabajo de todos. Te lo pedimos porque verdaderamente lo necesitamos. La agitación de un mundo aparentemente sin rumbo, de acontecimientos desconcertantes, nos hacen perder la paz. Los conflictos se multiplican en las familias, en los pueblos, entre los hombres y mujeres de distintas razas, lenguas, culturas y religiones. Los egoísmos y violencias no cesan. Necesitamos paz interior, paz familiar, paz social, paz en el mundo.

Señor, que enviaste tu Hijo al mundo como Padre y Príncipe de la Paz, danos tu paz.

Te lo pedimos de la mano de María, la bien llamada Madre de Dios por ser madre de Jesús, a quien Él mismo nos entregó como madre de todos en el momento extremo de su ofrenda de amor en la Cruz. Con todos los cristianos de tantos siglos en la historia de la Iglesia y como ellos también hoy nosotros le decimos:

Dios te salve, María; llena eres de gracia.

El Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres.

Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios,

ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

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