Pandemia, cultura e interioridad

Por: Roberto Méndez Martínez

Hay un recuerdo que ya no podré borrar de mi mente, aunque parezca irrelevante: haber pasado en un autobús en las inmediaciones del antiguo Palacio Presidencial y contemplar unas sillas vacías dispuestas ante él. Era el 13 de marzo y venía del Centro Félix Varela que acababa de cerrar sus puertas. Al día siguiente se declararía oficialmente el estado de la pandemia y el país entraría en cuarentena forzosa.

La imposibilidad de frecuentar los espacios públicos hizo que la mayoría de los proyectos culturales quedaran inactivos. No era posible visitar museos ni galerías de arte y era impensable programar un espectáculo de ballet, un concierto, una representación teatral, una lectura de poesía. En la pantalla chica se reiteró la exhortación: «Quédate en casa», sazonado de mil maneras, en prosa y verso, dicho por científicos, artistas, deportistas, estudiantes. Era tan repetitivo como los que indicaban el correcto lavado de manos o el uso del «nasobuco», ese feo término de la jerga hospitalaria que acabó prevaleciendo en nuestro idioma y también en nuestros rostros. En las noticias pude ver el Paseo del Prado completamente desierto, tanto como la calle 23 y debajo de mi balcón apenas podía ver gente inquieta y enmascarada caminando rápido hacia una cola para conseguir pollo o aceite. La palabra «visitas» estaba prohibida.

No podía recordar otra situación de desastre en el país que motivara tal encierro y angustia. No tengo la experiencia de una guerra y situaciones de tensión como los hechos de Playa Girón o la Crisis de Octubre habían sido efímeros. Epidemias recordables: dengue, conjuntivitis hemorrágica, habían suscitado inquietudes, pero en ninguno de los casos hubo una cuarentena radical y prolongada. Esto fue diferente. Implicaba permanecer indefinidamente en casa, a gusto o no, y contemplar escenas desgarradoras en televisión que ocurrieron en Ecuador, Brasil, Estados Unidos o Italia. Éstos ponen un condimento muy amargo en el día a día del Dr. Durán, prudente y cortés en sus informes sobre los avances de la enfermedad en la isla, pero siempre rodeado del halo dramático de muchas incertidumbres. Y si, en determinados momentos, era posible distraerse de la simple verdad de que cualquiera podía contraer ese misterioso virus y no solo morir, sino arrastrar a su familia a un final catastrófico, era por considerar los grandes problemas del desabastecimiento, la escasez de alimentos. , ya sea una baraja de frijoles o una de esas hamburguesas envueltas en celofán que al tocar la sartén desprenden olor a perro mojado.

En medio de todo eso, parecía bizantino lamentar la falta de una «vida cultural», entendida como la posibilidad de encuentro con otros en instituciones artísticas o literarias.

Es justo señalar que la televisión hizo todo lo posible para satisfacer a la enorme audiencia cautiva en sus hogares. Descubrí o disfruté de películas antiguas, series medio olvidadas, documentales de arte. Encontré en el Channel Key espacios para música de concierto con materiales impresionantes. Algunos programas se volvieron más familiares, menos formales. Es el caso de La danza eterna a la que Ahmed Piñeiro le dio un toque más íntimo al alternar los videos enviados por artistas cubanos o extranjeros vinculados alguna vez a la danza en Cuba, que desde sus casas aquí o desde cualquier otro punto del universo, transmitían un mensaje de esperanza y constancia en el ejercicio de su arte, estos alternaron con metraje, muchas de ellas verdaderas rarezas, con interpretaciones de esas mismas figuras. Ya no se trataba de hacer un programa para los aficionados al ballet, sino para los ciudadanos de cualquier condición a los que se les transmitiera un mensaje de esperanza, con palabra y movimiento.

Circunstancias difíciles avivaron el interés en las redes sociales. La comunicación personal prohibida fue sustituida por la comunicación virtual, para escuchar a amigos y familiares era necesario utilizar WhatsApp o Facebook, y Telegram era un instrumento imprescindible para recibir las mismas partes del covid como avisos sobre los «módulos» que se podían adquirir en ciertas tiendas a través de la aplicación Your Shipping. Pasó de la cultura de la imagen palpable, del cuerpo presente, a la sombra de lo virtual.

Pronto, los usos más pragmáticos de las redes deberían haber compartido espacio con iniciativas culturales notables. La mayoría de los concursos literarios del país siguieron la iniciativa de sus homólogos en el exterior e intercambiaron el envío de obras por correo por la entrega de archivos digitales por correo electrónico. Esto motivó, por ejemplo, que, en el Premio Latinoamericano Cuento Julio Cortázar, donde el número de obras participantes en ediciones anteriores no pasaba de las 300, fuera 800, a satisfacción de sus organizadores, aunque los jurados tenían una tarea. digno de los egipcios y, en mi caso, todavía no me he curado de la crisis cervical.

Además, varios eventos culturales saltaron de las calles y teatros al streaming, desde la Fiesta del Fuego en Santiago de Cuba hasta el carnaval Habanero, que fue el primero con charangas, pero sin alcohol que recuerda al pueblo de San Cristóbal.

Una tarde, un taxi se detuvo en mi puerta y me llevó, a través de hipoclorito y nasobuco, a la librería Fayad Jamís, en una calle Obispo desierta. Su planta baja se había convertido en una sala de grabaciones, aunque más bien una de cirugía era la de mascarillas y desinfectantes. Allí se grabó una presentación virtual de En la Calzada de Jesús del Monte Eliseo Diego y algunos poemas míos para un Festival de Poesía. Y me volvieron a meter en el taxi, como si lo hubiera soñado.

Es curioso, pero a medida que avanzaba la detención por la pandemia, parecía que los intelectuales, en lugar del esperado olvido, se volvían más visibles. Nunca me han pedido tanto mi opinión sobre temas de actualidad ni que atestigüen la vitalidad de mi trabajo creativo. Un día fue Word New y otro On Cuba o la web de la UNEAC, sin olvidar la página de la Casa Víctor Hugo en Facebook. A lo que se unieron solicitudes de poemas, fragmentos de novela, artículos, desde distintos puntos del orbe. Una mañana aparecieron en casa dos representantes de Cuba Poesía, tan enmascarados que tardé un rato en reconocerlos, para grabar una lectura de versos que inauguraría un espacio virtual llamado Café de poesía, junto al poeta matancera Maylán Álvarez.

Se ha repetido a plenitud que «nasobuco llegó para quedarse», quisiera pensar que esto no es una cosa literal, porque nunca me he acostumbrado a tal apego, que sigue produciendo ahogamientos al hablar o caminar, pero una metáfora para aludir a lo que he aprendido sobre higiene y epidemiología en estos meses. Pero creo que también quedarán otras cosas, en primer lugar, el uso cultural de las redes sociales. Aunque reabran cines, galerías y salas de conciertos, ese mundo virtual ha demostrado ser más económico, flexible y de mayor alcance que los medios convencionales. Así como ahora es mucho más fácil difundir un libro en formato Kindle en una plataforma de Internet que imprimirlo en papel, las creaciones de danza, conciertos, obras plásticas, tienen espacio ilimitado en las redes. Los creadores pueden carecer de algún equipamiento tecnológico y mucha preparación para manejarlo, pero ya existe una experiencia que ha abierto un importante espacio a la libertad de creación y difusión.

Sin embargo, la mejor enseñanza para mí en esta etapa fue lo que llamaría la cultura de la intimidad o la familiaridad. A veces vemos la cultura como algo externo, con el que uno apenas se relaciona cuando «consume» un producto artístico en un espacio público o cuando se muestra como un creador ante un grupo de espectadores, pero ese es solo el borde más visible de algo mayor.

Si acepto el concepto cristiano de que la cultura es la relación humana con la naturaleza, con el prójimo y con Dios, entonces la cuestión pasa primero y para todos por la interioridad de cada uno e inmediatamente por su círculo de relación más estrecha, la familia. Así como seguimos vinculándonos con Dios porque los templos están cerrados, no perdemos la cultura quedándonos en casa, alejados de los espacios consagrados como culturales. Y el interior se cultiva de muchas formas, no solo releyendo esos libros antiguos que casi habíamos olvidado en su estantería, o llenando nuestro espacio de música, ya sea de Beethoven o de María Teresa Vera, sino cultivando la relación familiar, víctima habitual. de compromisos excesivos, problemas de transporte o trabajo traído a casa.

El silencio físico que se apoderó de nuestras ciudades durante varios meses podría ser enriquecido por muchos de nosotros con el diálogo familiar. De nuevo hubo tiempo para interesarme por lo que quería o temía el mío, para poner esperanzas y alentar proyectos comunes. Algunos pesimistas vinieron a anunciar el fin de la familia cuando comenzó la pandemia, ya que esposos y esposas, hijos y padres no podían estar cara a cara durante un día completo cuando estaban acostumbrados a pasar la mayor parte en la calle y lloviendo. del divorcio estaba previsto. No sé si eso ha pasado en otro lugar, pero para mí ha sido una oportunidad de sentirme más marcado marido y padre, aprender más a escuchar a los demás y reclamar, sin vergüenza, ser escuchado.

Cuando miro hacia atrás, a los meses que han transcurrido, que ya son ocho, de marzo a noviembre, los veo no como un tiempo perdido, sino como un año sabático, un espacio que salió de las rutinas y me trajo un aprendizaje. Lo más importante no fue escribir novelas, concluir un libro de poesía, contestar entrevistas, sino aprender que la cultura no es algo que posean las instituciones, por importantes que sean, y que tendría que renovar continuamente en contacto con ellos, pero algo que está dentro de mí, asimilado y actualizado cada día, gracias al encuentro familiar, tiempo de meditación y creación, todo lo cual nos manda y nos prepara para una dimensión vertical, nexo con lo trascendente, manifestado en la oración como alimento de virtudes y fuente de esperanza.

¿De qué sirve acumular ediciones, premios, viajes, entrevistas, si todo eso no puede satisfacernos por completo? Con esas cosas pasa como en mi niñez, cuando reclamé durante un largo paseo un helado para saciar mi sed y los mayores respondieron: «No, si lo tomas te dará más sed. Espera a que llegues a la casa y beberás agua «. No se trata de poner cada vez más líneas en el plan de estudios, sino experiencias en nuestro espíritu. No digo nada en contra de la vida social, pero estoy convencido de que el paradigma de persona culta no es aquel que siempre ha estado en el lugar indicado para contemplar «el último», sino el que lleva consigo un alimento que lo nutre en prosperidad o bienestar. tiempos difíciles, en paz, sin envidias ni resentimientos. Siento que esto fue aludido por San Juan de la Cruz con esa famosa estrofa de su «Cántico espiritual»:

La noche tranquila

en un par de los ascensores del alba,

música suave,

suena soledad,

cena, que recrea y enamora.

En este punto he descubierto que hay muy poco original en todo lo que he escrito aquí. Mi insistencia en la interioridad es algo antiguo en la tradición de Occidente y tiene como uno de sus grandes maestros al San Agustín de las Confesiones. En la introspección de este no solo se encontraba el núcleo de la experiencia de muchos místicos y escritores espirituales, sino gran parte de esa filosofía de la intimidad que está en Pascal, Kierkegaard, Schopenhauer, Unamuno y Maria Zambrano. Recuerdo este hermoso y angustioso pasaje de su gran libro, donde, después de elogiar las facultades de la memoria, busca en él llegar a Dios:

«Pasaré, pues, por encima de mi memoria, para llegar a ese Ser soberano que me hizo diferente de los brutos y me hizo más sabio que las aves del cielo. Por encima de mi memoria debo subir; pero ¿dónde te encontraré, dulzura soberana, a salvo? y es cierto, ¿dónde te encontraré? Porque si tengo que encontrarte más allá de mi memoria y fuera de ella, no te recordaré. Y si no te recuerdo, ¿cómo te encontraré? » 2

Al final de tantos meses donde se puso a prueba nuestra paciencia, nuestra cordura, nuestra humildad, no quiero pensar en ellos con sentimiento de amargura o de pérdida, sino, como el inquieto hijo de Santa Mónica, como una oportunidad para recapitular. vida pasada y estar un milímetro más cerca en la búsqueda de la trascendencia:

«Mira, Señor, cuánto he dejado de recorrer la extensión anclar de mi memoria, sólo para buscarte, y no he podido encontrarte fuera de ella: no he encontrado de ti nada que no estuviera en mi memoria. , desde el momento en que te conocí, porque nunca te he olvidado desde que te conocí. Donde encontré la verdad, allí mismo encontré a mi Dios, que es la Verdad misma, que nunca he olvidado desde que la conocí . Y así, Dios mío, desde que te conozco, permaneces en mi memoria, y en ella te encuentro cuando te menciono, y me deleito en Ti. Estas son mis santas delicias, que te has dignado concederme por tu misericordia, al cuidado de mi pobreza. «3 Ω

 

Notas

[1] José Luis Aranguren: San Juan de la Cruz, Madrid, Colección Los Poetas, Ediciones Júcar, 1973, p. 125.

2 San Agustín: Confesiones. Libro X, Capítulo XVII, 26. Traducción de I. Quiles. Recuperado en Cervantes Virtual, http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/confesiones–0/html/ff7b6fd2-82b1-11df-acc7-002185ce6064_19.html#I_180, 10 de noviembre de 2020.

3 Ibíd., Libro X, Capítulo XXIV, 35.

aliosha@cubarte.cult.co.cu

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