Coger el paquete

Por: Daniel Céspedes Góngora

La frase con que titulo este texto preocuparía a muchos en España, pero en Cuba no. Aquí inquieta a unos pocos que necesitan también “coger el paquete” para saber de qué se trata.

El paquete cubano sigue correspondiendo en principio a uno de sus primeros significados: lío o bulto. Puede (y es) un envoltorio que no se echa a ver porque está oculto en lo que lo contiene: la memoria USB o el disco duro externo. La carga se tiende a valorar según la capacidad de almacenamiento de los dispositivos. Cuanto más se lleva alguien, mayor probabilidad tendrá de ser complacido. Es lo que se cree. Y, ¿qué es lo llevado? Series, documentales, reality show, largometrajes, audiovisuales en general.

El paquete cubano precisa reforzar un deleite experimentado que, a fuerza de repetirse, tal vez pueda despertar otros intereses de lo que quiere verse. Mas, por lo común, sucede que cada cual confía en lo que ya complace. ¿Cambiar el gusto? Hay un momento que es casi improbable. En todo caso, pudiera pensarse en una variación, lo más cercano a ensanchar cuanto gusta. En el fondo es un asunto de recaída de la satisfacción personal. Eso sí, el goce del paquete está avivado por la constancia, la sorpresa y la curiosidad. Constancia por lo que el consumidor sabe que busca, sorpresa en lo conocido y curiosidad de expectativas.

¿Cómo ha influido e influye el paquete en Cuba? El paquete y quienes están detrás de organizarlo contribuyen a una promoción y enriquecimiento audiovisual de los interesados. En primer lugar, se logró –no fue difícil– independizarse de la parrilla de programación de los canales televisivos. La televisión dejó de ser alternativa y muchos televidentes pasaron a disponer de su tiempo con más libertad y, en consecuencia, a elegir lo que querían ver. Esta independencia tentadora ha disimulado con sutileza su perversión: la atadura combinada y consecutiva por los capítulos y temporadas de series, programas de participación y hasta sagas de películas. Pero el paquete no (se) impone como la televisión. Su democracia está en que acoge porque oferta. Si el consumidor no encuentra algo que le satisfaga, entonces borra, indaga y descubre. Si al concluir la exploración no halla algo de su interés, se retira. Aunque mantiene la esperanza, porque en el próximo paquete quizá esté lo buscado. Ni más ni menos.

El intento de hacer un paquete “oficial”, la llamada Mochila que se ofrece en los Joven Club, para que compita con el contenido del paquete “clandestino” es infeliz, cuando no ingenuo, sobre todo porque es otra prueba fallida de aplicar un reajuste de lo que “vale la pena verse”. Está claro que el paquete soporta una diversidad que incluye lo excelente, lo bueno, regular y malo. El gusto se educa y puede reorientarse, si bien se sabe que la calidad de algo se entiende por muchos, erróneamente, según la complacencia de sus personales criterios de valor. Errados o no, lo que se consume y cómo se consume no debe imponerse. Ya no tenemos que esperar que la televisión estrene una serie o película y muchos sonreímos porque el paquete, donde te encuentras mucha basura pero también joyas clásicas y recientes, se adelanta con mucho a lo que presenta nuestra televisión que, como sabemos, toma de los paquetes –existen cuatro a lo sumo– para estar en sintonía con el consumo presente.

En resumidas cuentas, el paquete sigue representando una compensación cultural enorme, una manera de estar enterado del mundo como nunca antes, máxime en un país donde logra salir una minoría y se tiene que viajar gracias a  las imágenes en movimiento que compramos cada semana.

 

Críticos de cine opinan sobre el paquete

Juan Antonio García Borrero: Lo peor que tiene es la dispersión. Se pierde mucho tiempo buscando aquello que nos pueda reportar placer. Y precisamente por eso, muchas veces no logras conectarte con cosas que podrían ser de nuestro interés. Pero que, piratería a un lado, tengamos a la mano todos esos contenidos, me parece una maravilla.

Dean Luis Reyes: En un país sin apenas acceso a la web, casi sin cines, sin instituciones donde comprar o alquilar películas, ¿alguien creyó que la gente se quedaría con los brazos cruzados? La sacrosanta política cultural cubana no ha entendido que la sociedad civil tiene una imaginación poderosa, y como mismo fue antes que el Estado a socorrer a los afectados por el tornado de enero de 2019, consiguió generar ese fenómeno. La aparición del paquete es tan significativa para la historia cultural cubana (aunque sea complicado demostrarlo con cifras) como la creación de la red de bibliotecas públicas y de la imprenta nacional.

Gustavo Arcos Fernández-Britto: Yo diría que es el suceso de mayor impacto masivo y cultural en los últimos quince años. Le ha abierto muchas ventanas a los espectadores, porque en el paquete hay para todos los gustos y colores. Ha sido… nuestro Internet particular, un espacio de socialización y distribución de muchas obras que, cubanas o extranjeras, se hubiera hecho difícil apreciar.

Alberto Garrandés: Antes me interesaba contaminar el paquete semanal (con el cine de Godard, David Lynch, Tarkovski y otros directores canónicos), pero he visto algo curioso: los jóvenes ven cada vez más cine… y la calidad de lo que ven aumenta lentamente. Con mucha lentitud, pero van abriendo los ojos y mirando un poco más allá. Así que dejé de hacerlo. No hace mucho intercambié películas con uno de esos jóvenes, y me ofreció, como algo novedoso e inquietante, cierta carpeta. Cuando la abrí, vi que todas eran películas de mi colección, incluso en el orden en que suelo tenerlas. Ahí comprendí que se había cumplido un ciclo y que no hacía falta contaminar nada.

Antonio Enrique González Rojas: En este terreno cundido de opciones, cada uno encontrará de alguna manera sus afiliaciones, pues no le queda más remedio. Yo las encontré y las encuentro, y no soy mejor ni más perfecto que nadie. Gracias al paquete estoy en gran medida al tanto de una gran parte de lo más contemporáneo del cine mundial.

Ángel Pérez: Te maravillarías al escuchar “la crítica” que practican los “paqueteros” en los sitios en que las personas copian películas. Ese ambiente tiene su propia estructura de recepción, con vectores de consumo clarísimos. Si en algo falló el primer ICAIC –donde teníamos mentes tan brillantes y con ambiciones tan grandes como Alfredo Guevara, Tomás Gutiérrez Alea, Julio García Espinosa; cineastas de altura como Guillén Landrián o Sara Gómez– fue en su aspiración de conseguir un “nuevo” espectador. Ω

 

Nota: Las opiniones de los críticos de cine pertenecen a entrevistas realizadas por el autor del presente texto, las cuales conforman el volumen “Apasionados y razonables. Entrevistas a críticos cubanos de cine”, de próxima aparición por la Editorial Hypermedia.

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