RELIGIÓN
Tercer Domingo de Adviento
¿Cómo nos vamos a alegrar cuando el dolor nos traspasa? ¿De qué nos vamos a alegrar cuando se nos roba la esencia más profunda de lo que somos y queremos ser? ¿Por qué los cristianos hemos de alegrarnos cuando muchos viven cabizbajos y tristes? La Palabra de Dios de hoy viene a ayudarnos a revertir esa situación apática y anodina de tristeza y abulia. Ciertamente Dios no nos quiere tristes, dubitativos, ni desagradecidos. La alegría, como el bien, es comunicativa y difusiva. No se puede esconder. Se ha de compartir, y compartiéndola crece y se multiplica. Pidámosle al Señor que vivamos nuestra fe cristiana con alegría. Pidámosle a María sonreír siempre, sonreír, aunque tengamos el alma llena de lágrimas, como dice su canción. Alegría verdadera y permanente, no momentánea, superficial o encubridora de la realidad; alegría que se funda en la fuerza del Espíritu de Cristo que nos unge y acompaña siempre. Que nada ni nadie nos prive de la alegría del Señor. Él es nuestra alegría.
