XVI Domingo del Tiempo Ordinario

Por: padre José Miguel González Martín

Palabra de Hoy
Palabra de Hoy

18 de julio de 2021

¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño!

 Vino a anunciar la paz: paz a ustedes los de lejos, paz también a los de cerca.

Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor.

 

Lecturas

 

Primera Lectura

Lectura del Profeta Jeremías 23, 1-6

¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño! -oráculo del Señor-.

Por tanto, esto dice el Señor, Dios de Israel a los pastores que pastorean a mi pueblo:
“Ustedes dispersaron mis ovejas y las dejaron ir sin preocuparse de ellas. Así que voy a pedirles cuentas por la maldad de sus acciones -oráculo del Señor -.

Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus dehesas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las apacienten, y ya no temerán ni se espantarán. Ninguna se perderá -oráculo del Señor-.

Miren que llegan días -oráculo del Señor- en que daré a David un vástago legítimo: reinará como monarca prudente, con justicia y derecho en la tierra.

En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro.

Y le pondrán este nombre: El-Señor-nuestra-justicia”.

 

Salmo

Sal. 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6

R/ El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo:

tu vara y tu cayado me sosiegan. R.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor por años sin término. R.

 

Segunda Lectura

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 2, 13-18

Hermanos:
Ahora, gracias a Cristo Jesús, los que un tiempo estaban lejos están cerca por la sangre de Cristo.

Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad.

Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad.

Vino a anunciar la paz: paz a ustedes los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre por medio de él en un mismo Espíritu.

 

Evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 30-34

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo:
“Vengan ustedes a solas a un lugar desierto a descansar un poco”.

Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.

Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.

Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

 

Comentario

 

La Palabra de Dios de hoy contiene un mensaje intenso que viene a iluminar de manera poderosa la situación actual de nuestra sociedad que, en tantos lugares, se disgrega y dispersa, sufre y llora ante angustias y aprietos, y necesita orientación y acompañamiento para avanzar hacia un futuro mejor.

A través del profeta Jeremías, Dios se queja, se lamenta, porque a Dios no le es ajeno el sufrimiento y el grito de su pueblo. Se queja de los pastores que no pastorean, que no cuidan del rebaño, que en lugar de servir a las ovejas se sirven de las ovejas, que las dispersan y permiten que se pierdan. Ciertamente se trata de una llamada de atención severa a todos aquellos que tenemos responsabilidades públicas al servicio de los demás, asumidas libre y voluntariamente, y que deberían materializarse en actitudes de servicio y entrega, y en acciones concretas para mejorar la vida de los que nos han sido confiados. Cuando hablamos de pastores enseguida pensamos con razón en el Papa, los obispos, los sacerdotes, pues son o somos los pastores que hemos de reflejar siempre el rostro amoroso y misericordioso de Cristo Buen Pastor. Pero también son pastores de la sociedad todos los que públicamente han asumido un cargo que implica dedicación y servicio, las personas que, desde su responsabilidad, dirigen los destinos de los pueblos, de las sociedades, y no solo de la Iglesia. Dios se queja de la negligencia, del mal trabajo, de la dejadez, de la mala voluntad, de la actitud egoísta e irreflexiva de quien solo piensa en su propio bien, de quien prefiere cerrar los ojos y mirar a otra parte ante el sufrimiento ajeno. Y concluye contundentemente: “Voy a pedirles cuentas por la maldad de sus acciones -oráculo del Señor”.

Promete, además, el Señor, ser Él mismo el Pastor de su rebaño. En realidad, nunca dejó de serlo. Y añade que pondrá nuevos pastores que guíen a su pueblo como conviene, que apacienten a sus ovejas, que las lleven por caminos de paz, sin miedos ni espantos, para que ninguna se pierda, o quede desvalida y sin protección. Ciertamente es un texto mesiánico en el que se trasluce la promesa del Mesías como Buen Pastor.

El Salmo 23, más conocido como el Salmo del Buen Pastor, nos ofrece un texto maravilloso para repetir sin cesar, especialmente en los momentos de angustia y desconcierto que nos envuelven. Debiéramos grabarlo a fuego en nuestra memoria y balbucearlo incesantemente como acto de fe y confianza en quien nunca nos deja de su mano, porque siempre va con cada uno de nosotros, en cañadas oscuras, en valles tenebrosos, en días de angustia y soledad. Nos alimenta y protege frente a nuestros enemigos, ante aquellos que nos acosan o persiguen. Confiados en Él perdemos el miedo y la paz se adueña de nuestro ser, aunque no de nuestro existir.

Precisamente la segunda lectura nos presenta a Cristo como nuestra paz, porque con la ofrenda de su sangre ha derribado el muro del odio y de la enemistad que nos separaba a unos de otros. En momentos de crisis y conflictos, alzar la mirada hacia Cristo como fuente de paz para todos puede ser el modo correcto y concreto de resurgir hacia una sociedad más justa y equitativa, más inclusiva y fraterna, más respetuosa y plural.

En el evangelio de hoy se nos presenta a Cristo como el que contempla a la multitud que le seguía, se compadece de ella, porque estaban como ovejas sin pastor, y se pone a enseñarles con calma. También hoy Cristo nos contempla con misericordia, mira a tantos y tantas que sufren hambre y sed físicas, pero también hambre y sed de justicia y libertad. También hoy Cristo se compadece de las multitudes que andan sin rumbo porque sus pastores les han abandonado. La mirada de Cristo sobre nosotros no es una mirada neutra o fría sino todo lo contrario. Cristo mira de corazón a corazón. Cristo siente con nosotros, padece con su pueblo, derrama su sangre en cada hermano herido por el supremacismo y la exclusión. Quizás otros lo harán, pero Cristo nunca nos dejará solos. Él está siempre con nosotros, particularmente en la noche del dolor y la iniquidad. Nuestras cruces son su Cruz; nuestras muertes son su Muerte; nuestras esperanzas de una vida mejor se iluminan desde la luz y el gozo de su Resurrección, que es victoria del bien sobre el mal, del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte.

Cristo, Buen Pastor, cuida de cada uno de nosotros.

 

Oración

 

Pastor, que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño,
tú me hiciste cayado de este leño
en que tiendes los brazos poderosos.

Vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguir empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, Pastor, que por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres,
espera, pues, y escucha mis cuidados.

Pero ¿Cómo te digo que me esperes,
si estás, para esperar, los pies clavados?

 

Amén.

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