Sería bueno que en el día de hoy nos hiciéramos estas dos preguntas: ¿Soy un cristiano alegre o triste? Y si estoy triste ¿cuál es o son los motivos? La tristeza circunstancial puede afectarnos, pero no invadirnos ni anularnos, puede llegar, pero no tiene derecho a quedarse permanentemente. Los cristianos de hoy, en cualquier parte del mundo, en el momento social que vivimos, no podemos permitir que la tristeza generalizada, manifestada en el conformismo recurrente y desanimo colectivo, se convierta en la enfermedad endémica, cuando no pandémica, de nuestro tiempo. Así pues, camino de la Pascua, aun en los senderos tortuosos del sufrimiento y la cruz, que nunca nos falte la alegría de sabernos amados por el Padre y salvados por Cristo el Señor. Y que seamos capaces de exteriorizar y comunicar la alegría del Evangelio allá donde vivimos sin complejos y con determinación.
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